lunes, 17 de octubre de 2016

Lunes, cualquier día de octubre.

Hoy está lloviendo, por consiguiente los sonidos se agudizan y los oídos están alerta. Llueve y es una declinación de mi propio nombre. Suena la sirena de una ambulancia, o de los bomberos, parece que cada vez que llueve alguien quema su casa a modo de protesta.

Tengo cardenales en el cuello de los mordiscos que me diste la otra noche. Siempre he odiado que me succionen como a una fruta, pero he de reconocer que cuando me he despertado, en el gris de mi soledad me ha gustado verte en forma de puntitos rojos palpitantes. 

Aun me duelen las extremidades de abrazarme a ti hace dos días. Cuarenta y ocho horas hace que nadie me besa. Tú, que eres un desconocido, y una piel nueva después de dos años arañando la misma espalda. El otro día me ibas a penetrar pero no lo hiciste. Quizá si lo hubieras hecho ahora te echaría más de menos. Puede que te sintiera menos. 

Tenías el cuerpo depilado y arañabas en cada roce, y yo te tocaba sin límites y me dabas miedo, porque eras dos personas en el mismo instante. Cuando cerraba los ojos eras él, mi último amor, mi hogar; cuando los abría eras tú, otro brillo, otra voz, otro miedo contenido, otras manos frías que se mueven inexpertas buscando mi sexo. Luego se paran y me miras, como pidiendo permiso. 

Te gruñí, te respiré y te consumí durante puede que dos horas. Hoy eres unas manchas moradas en mi cuello, que me avergüenzan y me enorgullecen al mismo tiempo. Respiro esta sensación de soledad tan tremenda. No quiero escribir "soledad" ni una vez más, es una palabra de ancianos. Pero joder, es soledad, despertarte entre silencio, cocinar para ti misma, diseñar tus días, rellenar los huecos, pasear, llamar, mensajear, esperar...

Te has ido. Que te vaya bonito. Ya no me haces falta, al menos no en este minuto de lucidez. Soy optimisma, me quiero, no necesito a nadie porque yo sola... Mierda, otra vez la puta palabra. Yo sola me basto y me sobro. No necesito a personas como tú que me vuelven invisible, que luego me quieren, me abrazan y me miran como si no hubiera nadie más. Pero que también me machacan y me roban la cordura que ya no sé dónde la metí antes de conocerte, después de que te fueras. 

Me llamo Lluvia, y voy a contar aquí mis miserias, tus huidas, pero también mis placeres. Sobretodo mis placeres.


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