Soy una mariposa muerta mecida por un remolino de viento. Soy unas piernas que caminan sin bragas y se sientan en esta silla para escribir. Sin guía, sin amo. El sexo desnudo, soy lágrimas de tristeza, después del dolor.
Invade la habitación el olor del pan recién hecho, no tu olor, ese ya se fue hace semanas. Tu duda, tu idiotez, esa es tu sombra ahora. No logro masturbarme sin pensar en ti. Me vienes a la cabeza como colofón final, aunque durante el hilo de placeres fuera otro rostro el que apretujaba entre los muslos.
Me han dicho que escriba todo lo malo que viví contigo y la verdad es que no sé por dónde empezar. Qué cabrón fuiste. Qué puto desastre. Tanto, que no sé por qué te mantengo en el recuerdo, ocupando un lugar que sólo debería cubrir conmigo, con mi propio ego. A mí no se me arrastra, no se me patea en los momentos de debilidad, no se me menosprecia, y aunque yo te lo permitiera porque ya era un amasijo de carne carente de razón, tú fuiste la mano que controla, la voz que apaga y la última palabra pronunciada antes de un terremoto de lágrimas y de conversaciones circulares asquerosas.
Las rupturas. Éso es todo. No es más que una ruptura, una aceptación de que ya no serás más, de que ya no "seremos" un futuro. Aunque siempre me veía contigo más en el presente que en el futuro. La intuición aunque aparentemente muerta, creo que a veces me advierte de algo.
¿Crees que te marcharás ya? Quédate un poquito más... Ven, ¿me das un masaje? ¿Me abrazas un poco? ¿Por qué no fuiste como yo quería que fueras? ¿Has vuelto a fumar? Yo me he acostado con alguien en tu ausencia, no me mires así, he dejado de ser esa Lluvia que conocías. Si, yo también te quiero, y llevas razón no deberíamos estar haciendo ésto, pero me pones tanto, pero te he echado tanto de menos, pero me aterra tanto enfrentarme a la vida, pero estás tan solo, pero quiero protegerte de una puta vez sin que me recrimines, ni me apartes, ni me odies, ni me maltrates. Sólo quiero cuidarte, como el hijo que nunca tendré, como la madre que ya no tienes. La pareja perfecta.
Vale, vete, vete una vez más. Empecemos otra vez la cuenta de días sin hablar. Ese número que tantas veces hemos tarareado, que tanto vértigo nos da. Vete. Ojalá que se me olvide pronto tu espalda, tu forma de caminar. Lluvia, acuérdate de lo malo, no seas tonta, no te dejes llevar. no lo engrandezcas. olvídate ya de sus manos, de cómo se movía por tu cuerpo. Para. Para.
Caldero de Lluvia
viernes, 21 de octubre de 2016
lunes, 17 de octubre de 2016
Lunes, cualquier día de octubre.
Hoy está lloviendo, por consiguiente los sonidos se agudizan y los oídos están alerta. Llueve y es una declinación de mi propio nombre. Suena la sirena de una ambulancia, o de los bomberos, parece que cada vez que llueve alguien quema su casa a modo de protesta.
Tengo cardenales en el cuello de los mordiscos que me diste la otra noche. Siempre he odiado que me succionen como a una fruta, pero he de reconocer que cuando me he despertado, en el gris de mi soledad me ha gustado verte en forma de puntitos rojos palpitantes.
Aun me duelen las extremidades de abrazarme a ti hace dos días. Cuarenta y ocho horas hace que nadie me besa. Tú, que eres un desconocido, y una piel nueva después de dos años arañando la misma espalda. El otro día me ibas a penetrar pero no lo hiciste. Quizá si lo hubieras hecho ahora te echaría más de menos. Puede que te sintiera menos.
Tenías el cuerpo depilado y arañabas en cada roce, y yo te tocaba sin límites y me dabas miedo, porque eras dos personas en el mismo instante. Cuando cerraba los ojos eras él, mi último amor, mi hogar; cuando los abría eras tú, otro brillo, otra voz, otro miedo contenido, otras manos frías que se mueven inexpertas buscando mi sexo. Luego se paran y me miras, como pidiendo permiso.
Te gruñí, te respiré y te consumí durante puede que dos horas. Hoy eres unas manchas moradas en mi cuello, que me avergüenzan y me enorgullecen al mismo tiempo. Respiro esta sensación de soledad tan tremenda. No quiero escribir "soledad" ni una vez más, es una palabra de ancianos. Pero joder, es soledad, despertarte entre silencio, cocinar para ti misma, diseñar tus días, rellenar los huecos, pasear, llamar, mensajear, esperar...
Te has ido. Que te vaya bonito. Ya no me haces falta, al menos no en este minuto de lucidez. Soy optimisma, me quiero, no necesito a nadie porque yo sola... Mierda, otra vez la puta palabra. Yo sola me basto y me sobro. No necesito a personas como tú que me vuelven invisible, que luego me quieren, me abrazan y me miran como si no hubiera nadie más. Pero que también me machacan y me roban la cordura que ya no sé dónde la metí antes de conocerte, después de que te fueras.
Me llamo Lluvia, y voy a contar aquí mis miserias, tus huidas, pero también mis placeres. Sobretodo mis placeres.
Tengo cardenales en el cuello de los mordiscos que me diste la otra noche. Siempre he odiado que me succionen como a una fruta, pero he de reconocer que cuando me he despertado, en el gris de mi soledad me ha gustado verte en forma de puntitos rojos palpitantes.
Aun me duelen las extremidades de abrazarme a ti hace dos días. Cuarenta y ocho horas hace que nadie me besa. Tú, que eres un desconocido, y una piel nueva después de dos años arañando la misma espalda. El otro día me ibas a penetrar pero no lo hiciste. Quizá si lo hubieras hecho ahora te echaría más de menos. Puede que te sintiera menos.
Tenías el cuerpo depilado y arañabas en cada roce, y yo te tocaba sin límites y me dabas miedo, porque eras dos personas en el mismo instante. Cuando cerraba los ojos eras él, mi último amor, mi hogar; cuando los abría eras tú, otro brillo, otra voz, otro miedo contenido, otras manos frías que se mueven inexpertas buscando mi sexo. Luego se paran y me miras, como pidiendo permiso.
Te gruñí, te respiré y te consumí durante puede que dos horas. Hoy eres unas manchas moradas en mi cuello, que me avergüenzan y me enorgullecen al mismo tiempo. Respiro esta sensación de soledad tan tremenda. No quiero escribir "soledad" ni una vez más, es una palabra de ancianos. Pero joder, es soledad, despertarte entre silencio, cocinar para ti misma, diseñar tus días, rellenar los huecos, pasear, llamar, mensajear, esperar...
Te has ido. Que te vaya bonito. Ya no me haces falta, al menos no en este minuto de lucidez. Soy optimisma, me quiero, no necesito a nadie porque yo sola... Mierda, otra vez la puta palabra. Yo sola me basto y me sobro. No necesito a personas como tú que me vuelven invisible, que luego me quieren, me abrazan y me miran como si no hubiera nadie más. Pero que también me machacan y me roban la cordura que ya no sé dónde la metí antes de conocerte, después de que te fueras.
Me llamo Lluvia, y voy a contar aquí mis miserias, tus huidas, pero también mis placeres. Sobretodo mis placeres.
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